LA ÚLTIMA DANZA


Uno, dos, tres, uno, dos, tres. Aquella guerrera bailaba las más peligrosas danzas con una elegancia que solamente ella podía ejecutar. Uno, dos, tres… cabezas, cuerpos, miembros seccionados. No había quien pudiera ganarle cuando ella comenzaba a mover sus caderas, su espada.

Misión, tras misión. Mejor mercenaria, imposible. Y ella bien sabía su precio, el más alto, imposible. Los hombres la deseaban, las mujeres la despreciaban. Y ella sólo bailaba. Y ella sólo convertía cada carnecería en una danza… a veces ballet, a veces tango, pero siempre disfrutando.

La reina de los desiertos, la reina de las selvas, señora y soberana de los más atroces delincuentes. Todos mercenarios. De baja estatura para entrar en los territorios más exigentes, delgada, piel morena, ojos verdes y labios sensuales.

Un, dos, tres… se preparó para la siguiente misión, una más. Cliente anónimo. Nada de qué preocuparse, sólo había que divertirse. Tomó su espada, montó su caballo negro azabache y cabalgó a todo galope, dejando que el aire caliente despeinara su larga melena, negra como la noche.

Y finalmente frente a su oponente de gran tamaño, músculos pronunciados, hombros trabajados y espalda ancha. Con armadura en el torso, pantalones holgados y pies desnudos. Oponente inusual. Sin duda este sería un baile… no, una danza bárbara, con movimientos fuertes, golpes en el piso. Una danza para rendir tributo. No importaba. No había movimiento que ella no hubiera bailado antes.

Bajó del caballo de un salto. Sin más reparos desenvainó la espada. Contratacó.

Un, dos, tres… el acero chocaba. Un, dos, tres… más de una vez la reina de los mercenarios fue empujada por aquella bestia. Parecía conocer cada movimiento de la reina.

—Te conozco y tú a mí, no puedes ganarme.

Difícil saberlo, cuando una mascara cubría su rostro. La reina hizo caso omiso, sólo distracciones. Aquel monstruo bárbaro dio un grito de guerra y corrió cual titan, pesado, pero poderoso. Mientras, ágil y ligera como el viento, la reina, respondió aproximándose también.

Un, dos, tres… la danza más extensa que la reina había bailado jamás. Cada oponente con sus heridas. Nadie se daba por vencido. Era tan sólo un encargo más. Y ya el sol comenzaba a desaparecer, pronto el calor sofocante daría paso a un frio casi invernal, propio de los desiertos. Pronto, morir o ganar, pero jamás humillada, jamás tomada por rehén.

Las espadas parecían sacar chispas cada que se encontraban.  Y entonces la reina, altiva en su mirar pero agitada en su respirar, lo arriesgó todo. Corrió como el rayo. Su espada se enfrentó a la de su oponente, pero oh decepción… un, dos, tres… aquella danza parecía nunca terminaría. La reina perdió su espada, e incluso ella también quedó enterrada en la arena. Se puso de pie y escupió. Ella era la reina de los mercenarios. Levantó los puños. Su oponente rió. Arrojó la espada. “Perfecto, así será” dijo con una voz gutural, grave y suave a la vez. Una voz neutra, bien podía ser femenina, bien podía ser masculina.

Un, dos, tres… cuerpo a cuerpo, una danza personal, casi intima. La reina veloz esquivaba cuanto golpe podía, pero cuando uno acertaba le provocaba mareos. Se deslizó como felino, un movimiento traicionero y una patada en su rostro le quitó la máscara. Oh, claro que la conocía, pero también podía ganarle. Se trataba nada más ni nada menos que de la hija de quien alguna vez fue su maestro y le enseñó gran parte de lo que ahora sabe en combate. Ahora todo tenía sentido. Sonrió. Este podría ser su último encargo. Ganar o morir. No podía haber dos reinas.

Un, dos, tres… ahora el oponente tenía rostro, y la bailarina conocía sus debilidades. Se lanzaría contra ella, escalaría aquel cuerpo poderoso pero lento y… le destrocaría el cuello. Corrió, se deslizó… un, dos, tres… esta danza ya había sido ejecutada. Aquella guerrera se dejó caer de sentón, la reina abrazó el viento al saltar. Su pie fue tomado y ella lanzada contra la arena. La guerrera se levantó, y sin haberlo soltado, tiró nuevamente con fuerza de aquel pie, se acomodó y dejó caer su peso sobre la delgada estructura de la reina. Como una tonelada de músculos sobre una indefensa criatura, le sacó el aire.

Un… dos… tres… la reina lanzó arena al rostro, tosco pero hermoso de la guerrera.

—Tú te fuiste.

—Tú me dejaste ir, incluso antes de marcharme.

—Eras una cría mimada, hija del aquel entonces respetable maestro de todos los mercenarios.

—Era tu futura esposa.

—Debía trabajar duro para ganarme un lugar por méritos propios. No por ser tu esposa.

Un, dos, tres… bailes que ambas ejecutaron juntas pero nunca más se repitieron. La guerrera sujeto las manos de la reina, para que no le lanzara más arena.

—Vengo por lo que es mío.

Un, dos, tres… un beso inesperado.

Un, dos, tres… tantos recuerdos.

Un, dos, tres… un beso correspondido y luego una mordida feroz.

—No puede haber dos reinas.

Oh, grabe error… Un, dos… tres… la guerrera golpeo el rostro de la reina y tomó su cuello.

—Nadie más será tu esposa.

Un… dos… tres…

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